Mi Opinión. · Federico Gómez Dangond


El valor pleno en uno mismo

Por Federico Gómez Dangond · Texto del manuscrito, sin fecha atribuida.

Los seres humanos llevamos en nuestros genes la necesidad de convivir, vivir en comunidad, compartir e interactuar en todo momento y en todos los aspectos de la vida.

En un principio, esto responde a un instinto primitivo: reproducirnos y sobrevivir. En tiempos antiguos, vivir en grupo era una cuestión de protección ante un mundo hostil. Hoy, esa misma necesidad persiste, pero bajo nuevas formas: queremos pertenecer, ser aceptados, competir, destacar. Ya no se trata solo de sobrevivir o atender necesidades básicas, sino de mantenernos vigentes en un entorno cada vez más exigente, especialmente en aspectos sociales superficiales.

Sin embargo, en medio de esta era hiperconectada y mediática, se hace cada vez más necesario aprender a gestionar el valor en uno mismo: estar bien con lo que somos, en silencio, en soledad, en autenticidad. Aprender a satisfacer nuestras propias necesidades, químicas, físicas, emocionales, intelectuales, incluso espirituales, sin depender de validaciones externas.

Psicológicamente, solemos sostener nuestro bienestar sobre un “deber ser” culturalmente heredado: una pareja ideal, un trabajo perfecto, una familia armoniosa, socios que piensen como uno, un entorno social sin grietas. Esa visión está anclada a lo que nos han enseñado, nos muestran las películas, series, libros, y a patrones culturales que han marcado generaciones. Pero la verdad es que el mundo nunca ha sido perfecto y siempre ha estado cambiando, y con él, también nuestras posibilidades.

Hoy es poco probable y quizás poco emocionante encontrar todo lo que buscamos en un solo lugar, en una sola persona, en un solo vínculo, un solo negocio o hobbie. Y eso está bien.

¿Quién y qué puede sumar con libertad a cada aspecto de nuestra vida? Tal vez nadie por completo. Tal vez muchos, cada uno desde su lugar, su momento, su aporte. Y, sobre todo, nosotros mismos, como base esencial y autosuficiente para que sea el punto de partida con el mundo exterior, no al contrario.

Estar con uno mismo, en bienestar, con la satisfacción interior de nuestras propias necesidades, es posiblemente el mejor estado, desde el cual se pueden construir relaciones sinceras y armoniosas. Relaciones que no carguen con la responsabilidad de “completarnos”, sino que simplemente compartan y enriquezcan lo que ya somos y tenemos. Así, cualquier encuentro se convierte en una oportunidad para sumar, no para llenar vacíos. En ese estado, no hay riesgo de pérdida, porque lo esencial ya está dentro, todo lo demás es ganancia.

Es importante convivir a plenitud con uno mismo. En los momentos más oscuros, hasta tu propia sombra te puede abandonar. La vida suele sorprendernos con regalos inesperados que llegan a sumar a nuestro autentico ser. Desde la gratitud y el encuentro sincero con uno mismo, puede nacer el verdadero encuentro con los demás.


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